El
libro “Postguerra” del historiador británico Tony Judt, es una
obra de obligada lectura para quienes deseen acercarse a una
interpretación rigurosa de la historia de la segunda mitad del siglo
XX en Europa, sustentada en el estudio profesional del pasado, en la
que “el historiador, con la austera pasión por el dato, la prueba
y la evidencia, que es inherente a su profesión, puede realmente
mantenerse alerta”, aportando conocimiento crítico
y lucidez para comprender la
Europa en la que vivimos. Una labor en la que se nos revela, en
palabras del propio Judt, la importancia de conocer “la
historia como fuente de conocimiento para el presente”.

El
Plan Marshall
fue
mucho más que un programa de recuperación de la maltrecha economía
del continente europeo tras la Gran Guerra.
La
singular
manera de prestar
la
ayuda
tuvo
algunas implicaciones novedosas. El programa obligaba a los gobiernos
europeos a planificar y calcular con anticipación las futuras
necesidades de inversión. Les exigía negociar y reunirse no sólo
con Estados Unidos sino entre sí, dado que el comercio y el
intercambio que contemplaba el programa iban destinados a que pasara de ser bilateral a multilateral lo antes posible. Obligaba a
gobiernos, empresas y sindicatos a colaborar en la consecución de
unos índices de producción previstos y las condiciones más
convenientes para facilitarlos. Y, sobre todo, impedía cualquier
recaída en las tentaciones que tanto habían obstaculizado la
economía de entreguerras: la baja producción, el proteccionismo
mutuamente destructivo y el colapso del comercio. Los administradores
estadounidenses del Plan dejaron que fueran los europeos los que
asumieran la responsabilidad de determinar el nivel de ayuda que
necesitaban y la forma de distribuirla. “Cuando
los esfuerzos de cooperación del último año se comparan con el
intenso nacionalismo económico de los años de entreguerras, cabe
sin duda sugerir que el Plan Marshall está iniciando una nueva y
esperanzadora era de la historia europea” (The Times, 03/06/1949).
Los verdaderos beneficios fueron psicológicos. De hecho, podría
llegar a afirmarse que el Plan Marshall ayudó a los europeos a
sentirse mejor con ellos mismos. Les ayudó a romper rotundamente con
legado de chovinismo, depresión y soluciones autoritarias. Consiguió
que la política económica coordinada se convirtiera en algo normal
en lugar de excepcional. Logró que el comercio y las políticas de
empobrecer al vecino típicas de los años treinta pasaran a parecer
primero imprudentes, luego innecesarias y finalmente absurdas. Sentó
las bases para el proceso político de la integración europea.
El
ejemplo más llamativo de estabilización política en la Europa de
postguerra fue el de la República Federal de Alemania. Las
instituciones de la Alemania de postguerra
habían sido deliberadamente conformadas con el objetivo de minimizar
el riesgo de una repetición de Weimar. Gobierno descentralizado, la
responsabilidad principal sobre la administración y la dotación de
servicios recayó en los Länder. Las
facultades del Gobierno central quedaban restringidas, teniendo que
compartirlas con los Länder. El Bundestag no podía deponer al
canciller y su Gobierno una vez elegidos, sin elegir un candidato
alternativo en el ejercicio del poder ejecutivo. La legislación del
“mercado social” se dirigió a reducir el riesgo de politización
de las disputas económicas. El
gobierno federal y los Länder desempeñaban un papel muy activo en
numerosos sectores económicos. Los gobiernos podían fomentar
políticas y prácticas que promovieran tanto la paz social como las
ganancias privadas. Los gobiernos solían estar representados en los
consejos de administración de los bancos. Los mercados regulados y
las estrechas relaciones entre el gobierno y las empresas alemanas
encajaban perfectamente en el esquema democratacristiano, tanto en
sus principios generales como en sus cálculos pragmáticos. Los
sindicatos y los grupos empresariales cooperaron en la práctica
totalidad de los casos.
El
factor que mejor explica la exitosa salida de la ruina económica
provocada por la gran guerra en la Europa occidental, es el cambio
de paradigma en la política económica,
pasando del proteccionismo y la reducción del gasto de la década de
1930, sustituyéndolo por
iniciativas favorables al comercio liberalizado, por el aumento del
gasto y la expansión presupuestaria. El compromiso sostenido y
generalizado de la inversión pública y privada a largo plazo en
infraestructuras y maquinaria, mejorando la eficacia y la
productividad de las empresas, el aumento considerable del comercio
internacional y la existencia de una población joven y con trabajo,
que exigía y podía acceder a una gama cada vez más amplia de
productos, son factores determinantes del crecimiento económico en
una economía de mercado durante la segunda mitad del siglo XX.
Los
socialdemócratas austriacos y alemanes, se replantearon sus
objetivos y propósitos, con un nuevo programa que establecía
claramente que “el socialismo democrático, enraizado en Europa en
la ética cristiana, le humanismo y la filosofía clásica, no
pretende proclamar verdades absolutas”. Tanto
los socialdemócratas,
como los demócratacristianos,
como los liberales de
talante moderado, coincidieron en el consenso en torno a la
necesidad de construir políticas públicas coherentes con una
defensa de la función social del Estado.
Programas básicos de protección social y económica, con un nuevo
sistema de derechos, prestaciones, justicia social y redistribución
de renta. Incluso la creación de una ciudadanía beneficiaria de los
servicios públicos de sanidad, educación, servicios sociales,
supuso el fomento de un creciente interés personal en las
instituciones y valores del sistema democrático. Esto benefició a
socialdemócratas y democratacristianos, perjudicando a los fascistas
y los comunistas. Se
visualiza la importancia de
buenas políticas públicas para cohesionar
a una mayoría social en
torno a la
legitimidad de las democracias.
Mientras
tanto, en la Europa
del Este aparecía una entidad
institucional de referencia desde
la Europa Occidental, la
“Comunidad Europea”, la “Unión Europea”. El discurso sobre
Europa se hizo menos abstracto, y en consecuencia, más interesante
para los jóvenes, representaba la consecución de objetivos
políticos concretos y realizables. Lo contrario al “comunismo”
no era el “capitalismo” sino “Europa”. Economía de mercado,
sociedad civil, Europa simbolizaba la normalidad y una forma de vida
moderna. El comunismo ya no era el futuro, sino el pasado. El
capitalismo, tal como había surgido en el mundo atlántico durante
cuatro siglos, fue acompañado de leyes, instituciones, reglamentos y
prácticas de los que dependían enormemente su funcionamiento y
legitimidad. En muchos países postcomunistas esas leyes e
instituciones eran bastante desconocidas, y fueron peligrosamente
subestimadas por los neófitos del libre mercado. El resultado muy
a menudo en la Europa postcomunista, fue
una privatización en forma de cleptocracia.
La
globalización de finales del siglo XX
supuso una oleada de privatizaciones, el Estado estaba en retirada.
Con frecuencia, la producción y distribución de bienes escapaba al
control de los países. El dinero se multiplicaba y se desplazaba de
modo impensable años antes. Las empresas tenían libertad para
buscar inversores internacionales, al tiempo que se abría la
posibilidad de buscar una fuerza laboral extranjera más maleable y
barata. Surge la deslocalización de empresas europeas, acelerando el
proceso de desindustrialización. La privatización y la apertura de
los mercados financieros habían creado una gran cantidad de riqueza,
aunque para una minoría relativamente pequeña. Esto explica las
tensiones de repliegue hacia algún tipo de proteccionismo limitado,
alimentadas por el aumento de la desigualdad, que provoca una
creciente excepticismo ante las cacareadas virtudes de los mercados
desregulados y la globalización sin ataduras.
A
finales de los 80, aparecen partidos populistas
de derechas en Europa, que a pesar de la situación política y
económica, no logran despegar en sus resultados electorales. Puede
que los europeos hubiesen perdido la fe en sus políticos, pero
seguía habiendo algo que aglutinaba a los europeos. Lo que aglutina
a los europeos es lo que se ha dado en llamar “el modelo europeo de
sociedad”, marcando un revelador contraste con “la forma de vida
estadounidense”. El sistema sanitario es el paradigma en esta
comparativa de políticas públicas. De nuevo el Estado social como
aglutinante en torno a la legitimidad de las sociedades democráticas
en Europa.
El
hecho de que las economías europeas estuvieran enormemente reguladas
y que fueran inflexibles en comparación con el contexto
estadounidense no significaba necesariamente que fueran ineficientes
e improductivas. Si los estadounidenses eran más productivos, era
porque trabajaban más horas que los europeos, y sus vacaciones eran
más escasas y más cortas. Los europeos habían elegido
deliberadamente trabajar menos y tener una vida mejor. A cambio de
pagar unos impuestos especialmente elevados, los europeos tenían
asistencia sanitaria gratuita o prácticamente gratuita, una pronta
jubilación y una prodigiosa gama de servicios sociales y públicos.
Su educación, hasta la enseñanza secundaria, era mejor que la de
los estadounidenses. Sus vidas eran más seguras y más largas,
tenían mejor salud y muchos menos conciudadanos vivían en la
pobreza. Vivían en el “modelo social europeo”.
Era caro, pero para la
mayoría de los europeos el hecho de que prometiera seguridad en el
empleo, impuestos progresivos y enormes transferencias sociales
representaba un contrato implícito entre el Gobierno y sus
ciudadanos, así como entre los propios ciudadanos. Según los
sondeos anuales del Eurobarómetro, la inmensa mayoría de los
europeos pensaba que las circunstancias sociales causaban la pobreza,
y no las diferencias individuales. Estaban dispuestos a pagar
impuestos elevados si éstos se dirigían a aliviar la necesidad.
La responsabilidad social y
la ventaja económica no debían ser mutuamente excluyentes: el
“crecimiento” era loable, pero no a cualquier precio. En los años
ochenta todo cambió, una nueva generación de economistas y
empresarios seducidos por el “modo de vida estadounidense”
comenzaron a cuestionar los consensos.
El
plan del nuevo laborismo para evitar la futura crisis de los
escasamente financiados sistemas de pensiones públicos –que
pretendía trasladar la responsabilidad al sector privado- ya estaba
condenado al fracaso en menos de una década de su orgullosa
implantación. Las compañías invertían sus fondos de pensiones en
un voluble mercado de valores apenas confiaban en poder cumplir los
compromisos a largo plazo que tenían con sus empleados, sobre todo
ahora que éstos iban a vivir mucho más que antes. Ya estaba claro
que la mayoría nunca llegaría a disfrutar de una pensión completa
sufragada por su empresa… a menos que el Estado se viera obligado a
volver a entrar en el negocio de las pensiones para compensar el
déficit. La tercera vía
estaba comenzando a parecerse tremendamente al juego de un trilero.
La Unión Europea se muestra
progresivamente como un territorio con realidades económicas y
jurídicas cada vez más transnacionales, en el que siguen teniendo
un enorme peso las naciones y los Estados que lo conforman. Europa
surge como dechado de virtudes internacionales: una comunidad de
valores y un sistema de relaciones interestatales erigidos tanto por
europeos como por no europeos como ejemplo que todos podían emular.
Un modelo susceptible de emulación universal. Un proyecto de
cooperación europea tenía sentido tanto desde el punto de vista
cultural como económico, ya que, como era lógico, los fundadores lo
consideraban como una contribución para superar la crisis de la
civilización que había sacudido a la cosmopolita Europa de su
juventud. La común procedencia de regiones limítrofes de sus
respectivos países, donde las identidades habían sido múltiples y
las fronteras fungibles, hacía que a Schuman y sus colega no les
inquietara especialmente la perspectiva de llegar a algún tipo de
fusión de la soberanía nacional. Los seis países miembros de la
CECA habían visto su soberanía ignorada y pisoteada recientemente,
durante la guerra y la ocupación: les quedaba poca soberanía que
perder. Y su común preocupación cristianodemócrata por la cohesión
social y la responsabilidad colectiva les hacía sentirse cómodos
con la idea de una “Alta Autoridad” transnacional que ejerciera
un poder ejecutivo en aras del bien común. La CECA, como muchas
otras innovaciones internacionales en aquellos años, proporcionaba
el espacio psicológico para que Europa avanzara con una renovada
confianza en sí misma.