El debate sobre la incorporación de la inteligencia artificial (IA) y la robotización en las Administraciones públicas ha dejado de ser especulativo para convertirse en una urgencia estratégica. Carles Ramió, en su libro Inteligencia Artificial y Administración Pública. Robots y humanos compartiendo el servicio público (La Catarata, 2020), plantea un diagnóstico y unas propuestas que interpelan directamente a quienes trabajamos en el ámbito de las políticas públicas.
La implementación de la robótica y la IA puede seguir tres fases:
Automatización de procesos: Permite la automatización de componentes burocráticos y rutinarios. Los problemas radican en el riesgo de implementar procesos poco racionales y en la resistencia al cambio, sin generar en esta fase problemáticas éticas significativas.
Automatización cognitiva: Representa la aplicación real inicial de la IA, replicando actividades basadas en el juicio mediante algoritmos. El punto delicado es el tipo de información y los criterios de diseño, ya que puede generar discriminaciones y problemas éticos si se adquieren dispositivos del sector privado con sus valores y posibles sesgos.
Inteligencia Artificial: Con reconocimiento de lenguaje natural, gestión de grandes volúmenes de datos no estructurados y capacidad de aprendizaje avanzado. Aquí, el riesgo de sesgo discriminatorio se multiplica, y es crucial que la Administración sea proactiva para evitar dejar fuera cualidades humanas como la sensibilidad, la empatía y la búsqueda de consenso.
Para guiar esta revolución, Carles Ramió propone cinco elementos conceptuales clave:
Meritocracia en la robótica, con concursos públicos que evalúen calidad y costes, y un departamento de gobernanza que evalúe los desarrollos con valores públicos.
Eficiencia de los robots para mejorar la productividad y contribuir a la sostenibilidad del Estado de bienestar.
Gobernanza de una robótica público-privada para prevenir el uso indebido de datos públicos por actores privados.
Robótica social que actúe con criterios sociales más allá de las lógicas del mercado.
Ética pública en el desempeño de la robótica y la IA, integrando valores éticos en sus funciones de servicio público.
Es vital redefinir el modelo de Administración Pública hacia una mayor calidad institucional (sistemas meritocráticos, dirección pública profesional, transparencia, rendición de cuentas, evaluación) y la erradicación definitiva del clientelismo. Esto implica:
Un renovado modelo burocrático automatizado que impida la discrecionalidad.
Un renovado modelo gerencial mecanizado y smartificado que libere a los empleados públicos para tareas de alto valor público (planificación, diseño, control de calidad, interacción ciudadana, inteligencia).
Un modelo smartificado de gobernanza en gestión que supervise agentes privados con inteligencia institucional y valores públicos, garantizando eficiencia y ética en la colaboración público-privada.
Un modelo smartificado de gobernanza política que promueva el empoderamiento social, la participación ciudadana y el trabajo colaborativo.
La gobernanza pública de la IA es fundamental. La IA opera con millones de datos, clave para el diseño de algoritmos. Es crucial determinar si los datos son neutros o conceptuales, que pueden generar discriminaciones sexistas, religiosas, étnicas o sociales. El diseño de algoritmos debe ser cauteloso y realizado por equipos multidisciplinares que incluyan ingenieros, sociólogos, politólogos y humanistas. Además, los algoritmos deben ser transparentes, identificando fuentes y criterios de diseño, y las decisiones públicas basadas en ellos deben ser motivadas para poder ser impugnadas. Las competencias públicas en inteligencia artificial no deberían ser externalizadas nunca por su carácter estratégico, y el sistema público debe tener capacidad para diseñar sus propios instrumentos y regular la innovación tecnológica.
En cuanto al empleo público, las tareas rutinarias son fácilmente sustituibles por robots, llevando a la destrucción de más empleos de los que se van a crear. Sin embargo, se generarán nuevos perfiles profesionales que requieren alta dosis de empatía, creatividad, habilidades cognitivas, puestos directivos y capacidad de negociación. Los humanos y los robots compartirán el trabajo, y es crucial diseñar nuevos puestos que aporten valor añadido y promover nuevas competencias blandas e inteligencia emocional en los empleados públicos.
En definitiva, la Administración Pública debe ser proactiva y líder en la introducción de la IA y la robótica, canalizándola con claros valores públicos y ética, para que esta revolución sea más humana, más social, más pública y mucho más ordenada de lo que las leyes del mercado y las dinámicas tecnológicas por sí solas podrían aportar.