Hay circunstancias en las que un socialdemócrata consecuente puede razonablemente plantearse votar a la derecha moderada. Lo sé, suena a herejía, pero permítanme explicarme. No estoy hablando de una conversión ideológica ni de una rendición ante los postulados del adversario histórico. Estoy hablando de la consideración de una exigencia cívica de quien entiende la política como responsabilidad, no como identidad. El voto no es sólo un espejo en el que sentirse reconocido a uno mismo. Es también, y sobre todo en momentos críticos como el que vivimos, una decisión que tiene consecuencias prácticas sobre el espacio político que compartimos, la democracia.
El
problema no es nuevo, pero sí más urgente que nunca. Las democracias europeas
atraviesan una fractura que ya no se explica con el eje izquierda-derecha de
toda la vida. La línea de quiebra real está entre quienes aceptan las reglas
del juego democrático, con sus imperfecciones, sus frustraciones y sus
compromisos, y quienes desde distintos extremos las instrumentalizan o
directamente las socavan. Esa fractura cruza partidos, tradiciones y
generaciones.
Cuando el espacio que históricamente
ha representado a la socialdemocracia adopta también lógicas populistas,
tensionando partidariamente las instituciones, polarizando de manera deliberada
para someter el pluralismo a la lógica bloquista, se produce una quiebra que no
puede ignorarse. Y esto tiene consecuencias prácticas. Erosiona la confianza
institucional, debilita los contrapesos del sistema y, a largo plazo, hace más
frágiles los avances sociales que tanto ha costado conquistar, pasando también
a formar parte del problema.
Nada nuevo bajo el sol como nos
enseña la historia. El deterioro institucional rara vez llega de golpe. Se
produce de manera gradual, mediante decisiones aparentemente justificadas en el
corto plazo pero acumulativamente letales para el sistema democrático. Lo que
hoy parece una excepcionalidad táctica puede convertirse, sin que nadie lo
advierta, en el nuevo estándar.
Frente a estas amenazas, apoyar
electoralmente a una derecha moderada para que formar gobierno no dependa de la
extrema derecha puede ser, paradójicamente, la opción más coherente con los
valores socialdemócratas. Insisto, no se trata de renunciar a la justicia
social ni de abdicar de principios sustantivos. Se trata de preservar el marco
institucional sin el cual ninguna política progresista es duradera. Sin Estado
de derecho, no hay Estado social que aguante.
Pero esta lógica tiene una condición
imprescindible sustentada en la reciprocidad. Una derecha moderada que aspire a
recibir este tipo de apoyo transversal debe demostrarlo con hechos, no con
declaraciones de campaña. Debe rechazar de manera inequívoca cualquier
dependencia de la extrema derecha, comprometerse con el respeto a las minorías,
garantizar el pluralismo y no desmantelar los pilares del Estado del bienestar.
Si no cumple esas condiciones, el argumento se cae por su propio peso.
Y conviene recordar que esto no es
tan inédito como parece. La historia de las democracias europeas registra
momentos en que distintas tradiciones políticas fueron capaces de cooperar para
preservar lo esencial, la vigencia del Estado de derecho, las libertades
ciudadanas, el respeto a los derechos fundamentales. No hubo en ello renuncia a
la identidad propia, sino altura de miras ante una amenaza compartida para
defender juntas la democracia liberal.
Lo que me preocupa hoy es que esa
cultura política de responsabilidad compartida está deteriorada. La
polarización afectiva, ese fenómeno por el que uno no vota a favor de lo que
quiere, sino en contra de lo que detesta, ha sustituido al análisis. Los bloques
se han vuelto tribus. Y las tribus no deliberan, excluyen.
La democracia no es un punto de
llegada, sino un proceso frágil que requiere una práctica activa para
mantenerse en forma. Comprender que la alternancia es un bien deseable para la
salud institucional. Que un adversario político es distinto a un enemigo. Que
gobernar para todos, incluso para quienes no te votaron, es una exigencia, no
una debilidad.
Quizás el momento precisa que quienes nos formamos en la tradición socialdemócrata estemos dispuestos a asumir decisiones que pueden parecer incómodas. No para abandonar nuestra historia, sino para ser fieles a lo más profundo de ella, la convicción de que la libertad, la igualdad y el pluralismo no son concesiones al sistema, sino su razón de ser.
